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 Asunto: ¡Soy Tristán!
NotaPublicado: 13 Ene 2018, 03:07 
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Y Así Nacimos

La historia de cómo mi madre conoció a mi padre siempre me ha encantado… Todo empieza en un pueblecito en el Estrecho de Vilhon, muy cerca del bosque de Khondal. Allí vivía una hermosa joven a la par que habilidosa, se llamaba Nahla. Sus ojos verdes y sus cabellos pelirrojos era la admiración de mucho, más a aquella carpintera nadie la cautivaba. Una de las muchas dekhanas de aquel frío invierno los leñadores habían tenido varias bajas, por lo que varios del pueblo se ofrecieron a ayudar en la tala, entre ellas mi progenitora, la inocente Nahla.

La marcha fue algo sin interés, y finalmente llegaron al linde del enorme y místico bosque. Se dice que años atrás, muchos, el pueblo había llegado a un acuerdo con seres del bosques, hadas, o elfos, o incluso quizá mi propia estirpe. Ese acuerdo consistía en que ellos solo podían talar en una zona concreta del bosque y tras hacerlo debían plantar semillas de nuevas vidas en la tierra. A cambio estos no les harían daño y sus guardianes harían que las semillas crecieran para el siguiente ciclo. En caso de no cumplirlo… Pues imagino que les lanzarían un dragón encima. A sabiendas de esto nunca se había incumplido aquel trato, y seguiría así por los eones venideros, o eso espero.

El caso es que mi madre se encontraba allí, talando con el resto de hombres y mujeres. El hacha golpeaba la madera haciendo que las astillas se esparcieran por todo el lugar. Entonces le pareció oír algo, un sonido suave, una melodía dulce quizá. Intrigada por aquella música desconocida se adentró un poco más mientras nadie miraba. El bosque se hacía especialmente frondoso a cada paso, por lo que no paraba de mirar hacia atrás la pelirroja mujer cada poco, miedosa de perderse. En una de estas que volvía a mirar hacia el frente de pronto se chocó con un ser que estaba también de espaldas.

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Pues bien, como podéis imaginar todos aquel era mi padre. Un robusto ser con piernas de cabra y enormes cuernos, una melena que el viento arrastraba con gracilidad. Ojos intensos de mirada dulce, dentadura perfecta, oliendo a la fragancia de los bosques y con el pelo de los brazos bien peinado. Músculos bien marcados y un torso desnudo, bien poblado, además con pezuñas y uñas perfectas. Bueno, madre no menciono nada de eso, pero así me lo imagino yo. Con tal ejemplar ¿Cómo iba a resistirse la joven Nahla a sus encantos? Tras las disculpas iniciales, saciar la curiosidad el uno por el otro y una larga charla, los minutos dieron paso a la hora, y las palabras al vino. Pronto se acercaron más, pronto empezaron a divertirse, y no tardó mucho en Nahla ser llamada por sus vecinos preocupados porque hacía mucho que no la veían. “¿Te volveré a ver?” Fueron las palabras de ella “Me temo que no” contestó el varón. Al parecer la tribu del joven sátiro estaba solo de paso a ver a sus hermanos en aquel bosque, y al día siguiente partirían de vuelta al norte, al hogar. Al menos se quedó con su nombre, Tormunk Espinanegra, aunque finalmente se quedó con más de lo que creía.

Volvió y los meses comenzaron a suceder. Lo que al principio parecía una leve enfermedad y un aumento de peso se tornó rápidamente en lo inevitable, un embarazo. Y no uno cualquiera, un embarazo de dos criaturas ni más ni menos. Las cuentas eran claras, y tampoco había muchas más opciones, por lo que el padre era el obvio y la madre estaba asustada. La gente hablaba a sus espaldas, pues en un pueblo de pocos es normal que todos se conozcan, y ellos sabían que Nahla no había catado a ningún varón vecino.

Llegó el gran día, al menos para nosotros, pues no aguantábamos más en la tripa de nuestra querida carpintera. Lo habría hecho sola de haber podido, pero necesitaba ayuda, por lo que la clériga de la Gran Madre que estaba de paso acudió a hacer de Matrona. Le hicimos mucho daño sin querer, no era nuestra intención, pero éramos dos y teníamos pequeños cuernos y patas de animal, por lo que casi matamos a lo que más hemos querido en este mundo. Menos mal que la clériga actuó a tiempo, salvando a nuestra madre. Vernos no fue agradable para ella, comenzó a mirar a nuestra progenitora con miedo y pena a la vez. Nahla no pudo hacer otra cosa que pagar por su silencio y perdón, ella aceptó no de muy buen grado.

Pues allí estábamos, dos pequeños seres que parecíamos sacados de un grotesco cuento, pero al mismo tiempo éramos adorables. Una maldición y una bendición al mismo tiempo, pero al fin y al cabo habíamos salido de ella, por lo que no iba ahora a tirarnos a la calle, sobre todo con lo que había costado que saliéramos. Nos llamó Tristán e Illán. Yo me quedé con el nombre bonito, por supuesto, pero he de decir que el de mi hermano no se queda atrás. Iba a comenzar un periplo que asustaba a mi madre, pero algo le asustaba todavía más, que les pasara algo a las pequeñas y frágiles criaturas que ahora estaban bajo su cuidado.

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Última edición por Breye el 13 Ene 2018, 03:10, editado 1 vez en total
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 Asunto: Re: ¡Soy Tristán!
NotaPublicado: 13 Ene 2018, 03:08 
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Y así crecimos.

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No era fácil alimentar a tres con un sueldo, además de impedir que nadie nos viera y trabajar y cuidarnos a la vez. A ojos de los demás Nahla había perdido a los niños, o eso al menos decía, pero nadie había visto al niño enterrado y que cada vez saliera menos de casa y atendiera menos visitas no ayudaba a confiar en ella. Nuestra casa era de las pocas que estaba en la plaza del pueblo, junto con la del alcalde y poco más, por lo que al menos las miradas inquietas no nos llegaban demasiado.

Podía decirse que cada día era una aventura, si llorábamos tenía que meternos en el sótano para que no nos oyeran, dando gracias a los dioses que las casas no estuvieran muy pegadas unas a otras, si rompíamos algo tenía que pagar, y cuando nuestros poderes empezaron a despertar todo fue a peor. Es difícil controlarse cuando no conoces tus límites o tus capacidades si quiera. Illán hizo que el panadero y un granjero se pegaran entre ellos, sin saber al terminar que había pasado o por qué lo habían hecho. Yo podía crear imágenes que no eran realmente verdad. Hacía poco que nuestra vecina había perdido a su gato, y estaba muy triste por lo que hice que este apareciera caminando cerca de ella de nuevo, la alegría fue intensa, pero duro poco, y se tornó en algo oscuro. Lo intenté un par de veces más, finalmente se creyó estar loca y se marchó del pueblo. Cuando madre se enteró casi me arranca los cuernos.

Conforme íbamos creciendo y siendo conscientes iba siendo más fácil, pero más difícil a la vez. Sabíamos que teníamos que escondernos y no podíamos ser vistos, pero no queríamos estar en esa casa todo el día. Madre decía que estaba ahorrando y que nos iríamos de allí a otro lugar en cuanto pudiéramos, pero ese día nunca llegaba.

Recuerdo poco ya de mi infancia, pero un día se me quedó gravado en la mente como si me lo hubieran dibujado con fuego. Era nuestro octavo verano ya, éramos chavalines con consciencia de nosotros mismos y ayudábamos a madre en lo que podíamos. Aquella tarde empezamos a oir ruido fuera de casa, no ruido como un jaleo, sino más bien como una fiesta. Nos quedamos en el sótano mientras Nahla iba a mirar que era, instante más tarde bajo con una sonrisa y nos dijo que subiéramos, pero con cuidado. Nos acercamos a la ventana y agarrados de las cortinas observamos la plaza de aquel pueblucho. Un jolgorio como jamás habíamos visto, había payasos, músicos, muchos animales, malabaristas ¡Y todo llevado por unos seres pequeños llamados hins! Un pequeño circo había llegado al parecer y traía consigo mil maravillas. Lo que más me fascinó fue aquellos trovadores, la música que tocaban, las historias que contaban… Lo escuchaba todo agarrado a las cortinas con fuerza, con miedo a caerme de la emoción. ¡Algo nuevo, por fin algo nuevo!, gritaba en mi interior con todas mis fuerzas. La verdad que había muchos hins, eran curiosos y activos, muy emotivos y no paraban quietos, me gustaban. El circo se llamaba Balcaran, no era muy grande pero era intenso, al menos más que todo aquello que había visto hasta la fecha. Todos los que lo veían sonreían, se asombraban y se reían, durante el tiempo que allí estuvo parecía que en nuestro pequeño pueblo no había lugar para la tristeza, me fascinaba aquel poder de hacer felices a los demás, yo quería hacer lo mismo. Mi corazón se encogió y me quedé compungido cuando todos abandonaron la ciudad, una lágrima cayó por mi rostro cuando aquellos medianos se marcharon a paso ligero, no habría más fiesta ni más colores en la villa, y a saber por cuanto tiempo.

Tras mucha insistencia madre consiguió comprarme un par de instrumentos, no eran de muy buena calidad, pero con eso y un libro que había sustraído a la señora Mirmal empecé a aprender a tocar.

Todo parecía ir a mejor, hasta que un día cometimos un solo fallo, un error que lo estropeó todo. Teníamos unas doce primaveras ya, casi éramos unos hombretones. Los cuernos nos habían crecido un poco y nos empezaba a salir pelo por todas partes, algo bastante incómodo al principio, pero te vas acostumbrado. Bien, deseábamos ver el bosque más que todas las cosas, había algo en nuestro interior que nos llamaba con fuerza, era como una voz de sirena, necesitábamos salir del sótano, necesitábamos rozar los árboles, saber que era la brisa, como olían las flores sin cortar. Era de noche y madre dormía, y así lo hacían todos los demás vecinos. Illán me despertó y me dijo que era el momento, que teníamos que aprovechar. Nos deslizamos por la puerta sin que Nahla se despertara, y finalmente salimos. Era nuestra primera vez fuera, cuando mis pezuñas se hundieron en la hierba sentí como algo en mi daba un vuelco. Comenzamos a caminar con el corazón a mil hasta llegar al linde del bosque, al linde que tantas veces nos había descrito madre, al lugar dónde vio por primera y última vez a nuestro padre. Avanzamos y nos introducimos en la foresta, acariciando ramas, oliendo flores, mojando nuestras patas. Una parte de nosotros se sentía verdaderamente en casa, la otra temía por aquello que habíamos dejado en la cabaña. Un par de eras no fue suficiente, por lo que nos quedamos más de lo que debíamos. Estaba cerca el amanecer cuando nos percatamos, debíamos volver a nuestro sitio, al sótano. Yo me convencía que no estaba tan mal, que éramos felices y que algún día nos marcharíamos como nos prometía madre, más Illán parecía ensombrecerse como un canario en una jaula. Estábamos a unos metros de casa, estábamos muy cerca, la tensión se palpaba en nuestro ser. Intentábamos escurrirnos entre casa y matorrales, maldita había sido la hora en la que habíamos decidido no seguir el plan, pero seguir planes no era lo nuestro. Cuando estábamos a punto de entrar resbalé y me di de bruces contra la pared de madera. Varias cabezas se giraron hacia nosotros, de pronto escuchamos gritos asombrados y asustados. Corriendo nos introducimos en la casa. Es triste saber que por alcanzar un momento de plena felicidad puedes destrozarte una vida entera.

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Madre nos miró con más miedo que enfado, nos mandó entrar al sótano. No tardaron mucho en golpear la puerta, una turba enfurecida y asustada. Por más que negó no pudo retenerlos y entraron, registraron todo el lugar hasta dar con nosotros. Nos sacaron a rastras, recuerdo que lloré como nunca he llorado, estaba aterrado y no sabía que iba a pasar con nosotros. Nos llamaron criaturas del averno, a mi madre bruja, luego la llamaron furcia y nos dijeron que íbamos a traer la desgracia al pueblo. Que había que quemarnos para que no pasara nada, que mi madre iba a ser exiliada, que o nos entregaba o corría la misma suerte. Seguro que mi madre pensaba en lo doloroso que es ver como aquellos que han vivido contigo tantos años te toman como si fueras una completa desconocida cuando algo se sale de sus esquemas. Por más que les intentaba explicar no entraban en razón. Las horcas se alzaban en el aire y se acercaban a nosotros con cuerdas para atarnos, no había dónde esconderse y los gritos y súplicas de mi madre desgarraban aún más nuestros corazones. Apreté los dientes y observé como los ojos de Illán brillaban con fuerza, mientras agarraba su mano con intensidad. Un fulgor verde sacudió la casa y de pronto parecía como si el tiempo se hubiera detenido. Súbitamente nuestros vecinos comenzaron a golpearse unos a otros a gritos inentendibles. Tras recuperarse del shock inicial, Madre nos cogió y salimos corriendo por la puerta.

Me gustaría que este fuera el final de la historia, pero temo que no puede ser, pues no posee un feliz acabar. El sortilegio que había usado mi hermano se disipó tan rápidamente como él dejo de concentrarse, y apenas habíamos ganado varios puñados metros por delante de nuestros persecutores. No parecían dejarnos escapar, pues estaban convencidos de que nuestra existencia era un mal augurio para todos ellos.

Caminábamos por un desfiladero, bastante elevado sobre un río, y con grandes desniveles. En un intento desesperado de salvarnos, aprovechando la nula visión de los que tenían detrás, madre nos ordenó descolgarnos sin dejar de correr. Hicimos casi, más yo tropecé, he tropezado dos veces en mi vida, y las dos me han traído una desgracia impresionante, seguro que era porque entonces no conocía a Tymora. La cuestión es que mi hermano quedó colgando como era de esperar, escondido de los ojos de aquellos que pasaran, y yo comiencé a rodar hasta caer al río, cuya corriente me comenzó a arrastrar. Lo último que vi fue que mi madre seguía corriendo, que Illán me miraba lloroso y que las nubes grises del cielo no indicaban que mi suerte fuera a ir a mejor. Cuando pude alcanzar la orilla estaba lejos, muy lejos, ni divisaba a mi hermano ni casi el desfiladero, había sido llevado en dirección contraria al pueblo y estaba asustado y hambriento. Tiritando comencé a caminar hasta caer desmayado, hasta no poder más.

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Última edición por Breye el 13 Ene 2018, 03:11, editado 1 vez en total
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 Asunto: Re: ¡Soy Tristán!
NotaPublicado: 13 Ene 2018, 03:08 
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Y así Viví

Cuando abrí los ojos me pregunté por un instante si de verdad estaba vivo, me palpé un par de veces la cara y grité de dolor por todas las heridas que tenía ahora en el cuerpo. Una figura entonces se acercó a mí ofreciéndome un tazón con una mano. Era un elfo, o eso me dijo, errante y buscando aventuras lejos del hogar. Al encontrarme herido y sin consciencia me había recogido, temiendo por mi vida, y había hecho lo posible por mí. Intenté incorporarme sin éxito, el río había maltratado mi cuerpo casi más que la caída rodando, y no podía moverme. Le comenté mis temores, mi preocupación por mis seres queridos, y entendiendo asintió. Prometió ir al pueblo y ver cómo estaba todos. Lo habría abrazado mil veces si hubiera podido, pero como menté, mi cuerpo no estaba por la labor de cambiar de posición.

Volvió al día y no con una cara que denotara esperanza o alegría. Me contó lo que había visto, llamas, las llamas había hecho cenizas una de las casas, que por dónde la situó debía ser la mía. No había rastro de las dos personas que le había descrito, ni vivas ni muertas, aunque si oyó hablar a un par de personas sobre qué harían con el cadáver de la bruja. Volví a llorar, ya sin lágrimas pues no me quedaban, me había secado como se había secado mi interior. Recluido en mí mismo pasé días bajo los cuidados desinteresados de aquel elfo al que pronto pude llamar amigo. Poco a poco comencé a comer de nuevo, a hablar e incluso a tocar. Lo poco que había sobrevivido al hogar era el instrumento que madre me había comprado, y que tenía las iniciales de los tres grabadas, jamás me separaba de él y por una vez había servido para no perderlo. Mi nuevo compañero se llamaba Ervalan, y sonreía ante mi música.

No tardamos en movernos de sitio, yo sin hogar ni dónde volver o buscar decidí seguirle. Viajé mucho, vi muchos sitios y aprendí mucho con él. Ervalan parecía ser también carpintero, una coincidencia curiosa, más era aún más respetuoso que el pueblo con los árboles. Usaba madera que estuviera a punto de morir o de árboles caídos de forma natural, un respeto que a día de hoy me fascina. Yo le ayudaba cuando podía, cogiendo un hacha y cortando, el olor de la madera recién talada me recordaba a mi madre, siempre impregnada del mismo.

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Nunca se acercaban a las ciudades, ni él ni yo lo deseábamos. Solo acercarme a otra persona me aterraba, aunque la idea se fue diluyendo con el tiempo. Recuerdo una vez, ya un año después del incidente, que nos acercamos a un pequeño poblado al borde de las Llanuras Brillantes. Mi amigo había ido a por provisiones, habíamos estado mucho alejados de los bosques y el hambre empezaba a hacernos mella. Me quedé a las afueras, tocando y antes de darme cuenta una gran cantidad de niños me había rodeado. Bueno, igual eran apena un puñado, pero para mí entonces eran muchos. Por unos instantes me asusté y dejé de tocar y un pequeño me dijo que por favor continuara. Estaba paralizado, sus pequeños ojos estaban clavados en mí, mirándome, observando mis movimientos ¿Llamarían a otros para que me quemaran? No sabía cómo reaccionar. Pero me fije más detenidamente, en sus ojos, no veía rabia, odio, miedo. No había nada parecido a lo que vi en los ojos de aquellos del poblado. Tras un segundo sobrecogido, comencé de nuevo a tocar, ante sus sonrisas y vítores. Poco a poco me fui alegrando, a cada canción ellos pedían una nueva, empecé a contarles historias, todas inventadas, pero ellos no cansaban. Cuando Ervalan volvió los niños protestaron ante mi marcha. Jamás me había sentido tan bien, jamás había podido tocar para… Desconocidos.

Seguimos viajando sin cesar, su lengua era cada vez menos complicada para mi, sus costumbres no se me hacían tan extrañas, aunque su forma de dormir sigo sin terminar de comprenderla. Me habló de sus dioses y de muchos de los míos que yo no conocía. Me enseñó a tirar con arco y en poco tiempo comprendí lo que estaba sucediendo. Quizá fuera amor o solo mi sangre tirando de mí, pero aquel compañero estaba convirtiéndose en lo que nublaba mis pensamientos.

Compartimos alegrías, y tristezas, viajes provechosos y otros en los que casi morimos de hambre. La casualidad había juntado a dos y los años los habían enlazado. Mis poderes iban creciendo pero mi estatura ya no, a mis dieciséis años era todo un hombre, más o menos.

El día de nuestra separación también lo recuerdo con dolor, más sé que volveré a verle en algún momento. Trajo dos mensajes con él tras un largo día de estar fuera, el primero era que tenía que volver a una isla élfica de nombre conciliador, pues alguien de su familia tenía problemas. El segundo es que alguien con aspecto parecido al mío había sido avistado en una aldea dentro de la región de Amn. A ambos se nos había dado un propósito, y después de casi cinco años juntos teníamos que cumplirlo por separado. Encontraría a mi hermano y convencería al mundo de que está equivocado conmigo, no soy un monstruo ni doy mala suerte, al contrario, haré que sonrían y que vivan emociones que jamás han soñado.

Sé que no es la historia más épica, ni la más interesante que puedo contaros, pero es mi propia historia. Y cuando un comienzo es tan malo solo puede ir a mejor, así que ya sabéis, volved a escucharme dentro de diez años, y oiréis las aventuras más épicas que jamás hayáis podido escuchar.

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